PROCESOS DE INCLUSION


   La manera en que las comunidades educativas abordan la inclusión está estrechamente vinculada a las creencias que sus miembros tienen sobre la discapacidad. Durante más de dos décadas, varios estudios han evaluado estas creencias dentro de la comunidad escolar y cómo afectan las acciones en el aula. Algunas investigaciones indican que las creencias comunes sobre los niños con discapacidad suelen asociarse con aspectos negativos, como exclusión social y sentimientos negativos.


Por otro lado, investigaciones como la de Connors y Stalker (2010) sugieren que los niños con discapacidad tienen una perspectiva positiva de su condición, aunque sus familias enfrentan barreras materiales y reacciones negativas de otros. Padres e hijos con discapacidad reflexionan sobre las políticas educativas inclusivas, proponiendo ajustes que se adapten a necesidades particulares en lugar de generalizaciones. La educación inclusiva surge como respuesta a limitaciones tanto de la educación tradicional como de la especial y las políticas de inclusión.


En cuanto a la discapacidad en niños, tanto la sociedad como el sector educativo a menudo tienen expectativas limitadas, considerándolos altamente vulnerables. Esta perspectiva puede resultar en intervenciones que se centran en las limitaciones en lugar de las capacidades, promoviendo la dependencia y desventaja social. Desde este enfoque, la educación inclusiva se concibe no solo como un objetivo en sí mismo, sino como un medio para lograr una sociedad inclusiva.


Al analizar la educación inclusiva en las instituciones, dos aspectos fundamentales son la cultura y las prácticas, ambos interrelacionados. La cultura inclusiva se refiere a los aspectos subjetivos como valores y creencias en la comunidad educativa, mientras que las prácticas se centran en las acciones observables. Estos aspectos están vinculados a la forma en que rutinariamente se llevan a cabo las cosas en un contexto específico, y las creencias y actitudes de los profesores juegan un papel crucial en el apoyo a estudiantes con diversidad funcional.

 

 Según Booth, Ainscow, Black-Hawkins, Vaughn y Shaw (2002), la cultura inclusiva se manifiesta a través de los valores compartidos por los miembros de una comunidad escolar, los cuales se transmiten a todos los que interactúan con ese entorno. Por otro lado, Whitburn (2015) sostiene críticamente que la educación inclusiva a menudo está impregnada de discursos virtuosos, donde la virtud se define en términos de logros académicos, mérito y calidad.

En la perspectiva de Whitburn, los valores predominantes en las comunidades educativas tienden a enfocarse en la normalización de los estudiantes para cumplir con estándares ideales, mientras que la educación regular a veces se exime de su responsabilidad moral para integrar a todos los estudiantes como participantes plenos.

En este contexto, Carrington y Elkins (2002) diferencian entre una cultura educativa tradicional, que sigue un currículo predefinido sin considerar las diferencias individuales de los estudiantes, poniendo la responsabilidad en el estudiante con necesidades particulares, y una cultura inclusiva, que valora la diversidad y tiene un plan para potenciar las habilidades únicas de cada estudiante. Esta última promueve que cada uno desarrolle actividades de acuerdo con sus propias capacidades

        

En otro estudio llevado a cabo por Alborno y Gaad (2014), donde se aplicó el índice de inclusión de Booth et al. (2002), se descubrió que las barreras más prominentes se encuentran principalmente en la cultura inclusiva de los entornos educativos. A partir de estos hallazgos, los autores resaltan la importancia de promover una cultura que facilite la implementación de estrategias destinadas a potenciar las habilidades de todos los estudiantes. Estudios similares respaldan la idea de que los docentes desempeñan un papel crucial como impulsores del cambio de valores en la institución educativa, ya que tienen la capacidad de fomentar la conciencia de igualdad y solidaridad entre los estudiantes (Messias, Muñoz, & Lucas-Torres, 2012; Vaz et al., 2015).


De acuerdo con Martínez (2006), analizar la correspondencia entre la cultura escolar y su impacto en la educación es esencial para identificar qué procesos son susceptibles de cambio y cuáles deben mantenerse en la comunidad educativa. Por otro lado, la investigación de Loaiza (2011) revela que la cultura escolar inclusiva está experimentando una reevaluación constante y una transmisión continua en la vida cotidiana de las instituciones educativas. Se está produciendo un cambio en el conjunto de creencias y valores arraigados en su interior.


En este contexto, la cultura desempeña un papel fundamental al establecer los valores inclusivos que deben ser compartidos y cultivados por todos los miembros de la comunidad educativa, incluyendo padres o cuidadores, maestros, estudiantes, directivos y demás personal de la institución (Blázquez, 2016). A través de la educación inclusiva, se ha priorizado la flexibilidad y la disposición a aceptar a los demás tal como son, reconociendo que cada persona aporta su esencia y cultura durante las interacciones, ya que estas son parte integral de su identidad.


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